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La última aceptición de “romántico” según la RAE es generoso, sentimental, soñador. Es romántico el que superpone los sentimientos a la razón, en definitiva, el que se deja llevar por el corazón y no por la lógica. Esta irracionalidad es inherente al ser humano con la única variación de serlo en mayor o menor grado.
Todos somos románticos y no sólo en el amor. En política los sentimientos irracionales son también muy importantes y probablemente el mejor ejemplo sea el nacionalismo, es decir, la doctrina que propugna el principio político de congruencia entre unidad nacional y unidad política. Este romanticismo es excluyente pues sino no eres parte de la unidad nacional estás en mayor o menor medida fuera de lugar. Sin embargo, creo que debemos hablar de un nuevo romanticismo integrador, universal, como una fuente de utopías para las generaciones del siglo XXI. Un romanticismo progresista, si se permite el oxímoron, que atienda no al culto de lo “propio” sino a la realización, siempre inacabada, de la humanidad.
Este romanticismo universal será igual de irracional e ineficiente que cualquier otro. Que un astronauta vaya al espacio es probablemente ineficiente, pues tal vez fuese más barato lograr condiciones de ingravidez en la Tierra y evitar realizar los experimentos programados a cientos de kilómetros de distancia. No obstante, hay algo más en esas conductas ineficientes. Ir a la Luna en 1969 (algunos son escépticos sobre el asunto) no fue un gran adelanto científico ni probablemente tampoco para la Guerra Fría. Se trataba sin embargo de dar “un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. Ir a la Luna fue algo romántico pero también universal.
Igualmente, cuando en 1972 y 1973 se envió al espacio la sonda espacial Pioneer X y XI respectivamente, se buscaba emitir una señal a posibles civilizaciones extraterrestres tecnológicamente avanzadas. Era una botella con mensaje lanzada al mar, un grito de existencia en el vacío espacial con una posibilidad de no respuesta prácticamente infinita. Fue una acción generosa, irracional, soñadora; romántica en suma.
¿Por qué no transmitir estos valores a temas como la política, la identidad o la lengua? Yo creo que es posible y acorde con nuestro tiempo. De hecho, hoy día, en un mundo cada vez más global, las reivindicaciones regionales o provincianas son un anacronismo. Por contra, que entre pueblos hoy diferenciados se estudien las raíces comunes, como el indoeuropeo, o las misiones espaciales, por poner otro ejemplo, desarrolladas conjuntamente entre países pueden ser ideas románticas que unan, y no desunan, a las civilizaciones y la humanidad.
A fin de cuentas, desde que el ser humano alcanzó la capacidad bélica de autodestrucción, sólo nos queda el camino hacia la concordia y la paz, pues la guerra ha perdido todo su sentido, si es que alguna vez tuvo alguno.
Las lenguas levantan pasiones. Son algo íntimo y a la vez común con nuestros vecinos, aunque diferente de aquellos que son foráneos. Por ello, con frecuencia la lengua acaba siendo motivo de enardecimiento de identidades nacionales e ideas excluyentes nosotros-otros, pero este post no va de nada de eso. En cierta medida, este post es la introducción de una idea romántica y universal que me llevará varios post explicar, así que comencemos cuanto antes.
En primer lugar, es evidente que el latín es la lengua madre de una serie de lenguas hermanas entre sí (español, catalán, francés, rumano,…) pero, ¿Por qué no podría remontarse hacia atrás este fenómeno? En otras palabras, ¿es cierta la hipótesis de que existía una lengua que había sido a la vez madre de las lenguas europeas como el latín, el griego, el germánico, el eslavo,… y de las lenguas indias como el sánscrito? Pues esta hipotética lengua originaria se sabe hoy que fue el indoeuropeo.
La existencia del indoeuropeo se descubrió mediante los parentescos entre lenguas tan distantes como el latín, el lituano y el sánscrito (lengua litúrgica del hinduismo que tenía ya una gramática en el siglo V a.C.). Por ejemplo, rey en sánscrito es rajan, en hindú rajá, la cual ha llegado al español mediante el inglés. Por otra parte, en latín rey es rege, del cual derivan todos los términos de las lenguas románicas (rey, rei, roi,…). Asimismo, los lugares elevados que normalmente servían de defensa en griego se denominaban polis (“ciudad”), al igual que en lituano pilis significa “castillo” y en el sánscrito se empleaba la palabra pur. De estas palabras vienen Constantinópolis o Singapur.
¿Sorprendente? Pues hay más. Las relaciones entre términos se ven perfectamente al estudiar universales culturales. Un universal cultural es cualquier institución social común a toda la humanidad, o al menos a gran parte de ella. Hay que entender institución en un sentido amplio y comprender por ejemplo al tabú del incesto, la figura de la divinidad, la mitología, el lenguaje,… son todos universales culturales y por tanto, todas las sociedades tienen términos para referirse a ellos. Aprovechando esta circunstancia, podemos estudiar como designaban en diversas lenguas alejadas entre sí a las mismas entidades. Pongamos algunos ejemplos.
En la grandísima mayoría de las culturas existe la figura de la madre, que en sánscrito es máta, en griego máter, en celta máthir, el alemán mutter, el inglés mother, el latín máter de donde vienen nuestras madres españolas, mares catalanas, mères francesas… pero , ¿y las nais gallegas, de dónde vendrán?
Por otra parte los hermanos también son otro universal cultural. El sánscrito empelaba bhráta, el griego fráter (de ahí fraternidad), el alemán bruder, el inglés brother, el ruso brat, el latín fráter… y de fráter germanus viene nuestro hermano actual “hermano auténtico” en su término original.
A fin de cuentas, tal vez las naciones o las identidades no sean tan originales ni distintivas como algunos lo pretenden…



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